Chicalista

La vida es un caos. Necesita listas.

Catorce libros que tengo encima de la mesa

Estos son los libros de mi verano 2017, los que tengo al alcance de la mano.

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  1. Los que sueñan el sueño dorado, de Joan Didion.  Es la segunda vez que leo este libro, porque soy esa clase de personas que relee, va siempre a mismos bares y se compra el mismo tipo de vestidos. Esta mujer escribe como a mí, en un universo paralelo, me gustaría escribir. Además, Joan Didion y yo compartimos intereses. Ella ha escrito muy bien sobre la gestión de la pérdida y del dolor, uno de mis temas favoritos y que este verano he seguido escarbando porque he visto entera y con la boca abierta The Leftovers. También, como a mí, a la Didion le gustan las piscinas. (Releído)
  2. El azar y viceversa de Felipe Benítez Reyes. El título es delicioso y el interior aún más. Cuando leo a Benítez Reyes es como si estuviera en una fiesta desmelenada. Cuando leí Los Versos Satánicos de Rushdie me dije a mí misma, siempre pedante  incluso en voz baja: “esto es una fiesta del lenguaje”. Cuando leí El novio del mundo pensé igual. Este libro me provoca la misma sensación de locura y cansancio gozoso. (Leído)
  3. Moteros Tranquilos, Toros Salvajes, de Peter Biskind. Este libro tiene dentro muchas cosas que me vuelven loca: el cine americano de los 70, buenas dosis de industria, otro tanto de cotilleo de alto nivel y la sensación de ir abriendo puertas y más puertas. Mientras lo lees es imposible no parar para volver a ver Easy Rider o Shampoo o buscar todo lo posible sobre Kitty Hawkes. Me gustan las lecturas que llevan a sublecturas y a subsublecturas. (Leído)
  4. La geometría del amor, de John Cheever. Lo recuperé en la Biblioteca Pública porque querían volver a leer El Nadador. Qué cuento más oscuro. Deja esa sensación de incomodidad que sentimos cuando llevamos el traje de baño mojado y comienza a hacer frío. Siempre defiendo que todo el mundo es feliz al borde de una piscina, pero sé que no. Cheever lo tenía claro. (Releído)
  5. Música de Mierda de Carl Wilson. Muy flojo, pero muy flojo, tiene que ser un ensayo sobre cultura pop para que no lea con cierto interés. Este promete. (A la espera)
  6. El segundo avión, de Martin Amis. Terrorismo, 11-S, Martin Amis: cómo no iba a querer leer esta recopilación de artículos. Me lo bebí de una sentada una tarde de calor insufrible. (Leído)
  7. Vivir, pensar, mirar de Siri Hustvedt. Siempre que he leído algo de esta mujer he dicho: “qué bien piensa y qué bien escribe” que es, prácticamente, lo mismo. (A la espera)
  8. Piscinas vacías, de Laura Ferrero. Me lo regalaron por el título, claro que sí. Dentro hay una colección de historias depuradas y serenas. Qué difícil es escribir corto, depurado y sereno. Este verano me he reconciliado con los relatos cortos. (Leído)
  9. Basada en hechos reales, de Delphine de Vigan. Me la prestó Belén Coca, querida compañera de lecturas y otros avatares. Habíamos leído el Nada se Opone a la noche y nos había encantado, como buenas amigas de la metaficción que somos. Este es otro artefacto fantástico similar. (Leído)
  10. Christian Dior in the South of France de Dior. No solo es un libro precioso para tener cerca, sino que esconde una historia y unas historias fabulosas. Cuenta el renacimiento de La Colle Noire, la villa del sur de Francia donde se refugiaba Christian Dior. Es un buen ejemplo de cómo hacer un libro de marca evocador. (Leído y hojeado veinte veces)
  11. Manual para Mujeres de la Limpieza de Lucía Berlin. Ay, las expectativas. Nos arruinan la vida y las ilusiones. Es estupendo, claro que sí, pero no me ha emocionado como esperaba. Eso me pasa por esperar. Por “expectar” (Leído)
  12. Me llamo Lucy Barton de Elizabeth Strout. No lo he empezado pero la foto de la escritora, con ese aire de escritora neoyorquina con pelo blanco y, seguro, piso bien iluminado, ya me gusta. (A la espera)
  13. Canción Dulce de Leila Slimane. Este ha sido el verano de las novelas de escritoras francesas con protagonista obsesiva. Qué buen libro. Qué capacidad para agarrarte y no soltarte con una economía verbal tremenda. Mínimos elementos, máxima expresión.
  14. La España Vacía de Sergio del Molino. No sé por qué está encima de la mesa. Quizás lo agarré de la estantería para prestarlo. Lo leí en invierno, me lo regaló alguien delante de un plato de pasta con una dedicatoria tan estupenda como el libro. Ese alguien me dijo las palabras mágicas: “te va a encantar”. Y seguimos comiendo pasta.
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Esta entrada fue publicada el agosto 20, 2017 por en Uncategorized.

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